Sacudiendo el árbol de la vida

Monday, April 16, 2007

Curso de Introducción a la Filosofía Antigua (UAH)

Los físicos Pluralistas y los físicos eclécticos
Apuntes para el Curso de Introducción a la Filosofía antigua para Lic. en Literatura Universidad Alberto Hurtado
Prof: Héctor Fernández C.

1) Empédocles (z+:B,*@68hH ca. 483 - ca. 424 a.C.)
Este pensador presocrático aparte de filósofo fue místico, taumaturgo y médico. Nació en Agrigento, ciudad en la que fue un destacado dirigente de la facción democrática. Después de marchar de su ciudad natal por motivos políticos, Empédocles se estableció en el Peloponeso y recorrió todas las ciudades del Asia Menor como orador y mago, acrecentando su fama de taumaturgo. Según la leyenda, para demostrar su carácter divino e inmortal, se arrojó al cráter del Etna, aunque, según otros, desapareció durante la celebración de un sacrificio. El aspecto extraordinario de este autor inspiró a Hölderlin una exaltada obra: Empédocles, o de la locura.
Escribió en verso (como Parménides) y se conservan fragmentos de dos obras suyas, que aparentemente parecen contradictorias, ya que en una de ellas (Acerca de la naturaleza) expone una filosofía de corte naturalista, mientras que en la otra (Poema lústrico, o Purificaciones) la orientación es más bien de tipo místico y semejante al orfismo. En base a esto, algunos autores han sostenido que la filosofía de Empédocles debe interpretarse plenamente como una guía de iniciación a los misterios órficos pero, actualmente, tiende nuevamente a sostenerse que debe entenderse su pensamiento como un intento de superar los problemas suscitados por la metafísica de Parménides. De hecho, en Acerca de la naturaleza, intenta reconciliar las doctrinas enfrentadas de los eleatas y las de Heráclito. Empédocles aceptó de los eleatas la tesis de la inmutabilidad del ser y la inexistencia del no-ser. De esta manera, nada puede dejar de ser, puesto que el no-ser no es. No obstante, aceptó de Heráclito la tesis del devenir, del perpetuo fluir y del cambio continuo. Para reconciliar estas dos posiciones, afirmó que todas las cosas del universo están constituidas por cuatro tipos de principios: tierra, agua, aire y fuego, que él denominó raíces de todo e identificó con Zeus, Hera, Edoneo y Nestis. El nacimiento de las cosas no es más que la unión y combinación de estos elementos, mientras que la muerte es su separación. Pero, en todo proceso, las cuatro raíces permanecen inalterables. Así, podía coincidir con Parménides y negar que existiese un auténtico nacimiento (advenimiento al ser) y negar también la muerte (entendida como dejar de ser): sólo existen uniones y separaciones de las raíces eternas. El monismo parmenídeo da lugar, pues, a un pluralismo.
A diferencia del GDPZ (arkhé) de los milesios -que pensaban que dicho arkhé se convertía en todas las cosas y experimentaba cambios cualitativos-, Empédocles afirmaba que estas raíces permanecían siempre cualitativamente iguales e inmutables, como corresponde a lo que es, según los eleatas. Esta tesis es la que está en la base de la noción de elemento, entendido como algo cualitativamente inmutable e intransformable, que posteriormente desarrolló Aristóteles[1]. Empédocles también preparó el camino a la posterior concepción aristotélica de una causa eficiente, al señalar que aquello que determina que estos principios se unan y se separen son dos fuerzas a las que denomina Amor (Afrodita o philía) y Odio (Neikos), respectivamente. Así, además de entender los principios del i`F:@H (cosmos) desde una perspectiva material que se pregunta por sus constituyentes (causa material, le llama Aristóteles), introduce la necesidad de unas fuerzas o causas (causa eficiente en la terminología aristotélica) que actúen sobre las raíces.
El Amor y el Odio actúan mecánicamente: el primero tiende a unir lo que es diferente, mientras que el segundo tiende a separarlo. Si predominase plenamente el Amor, la realidad toda sería como una esfera perfecta (tal como Parménides y Meliso concebían el ser); si, en cambio, predominase completamente el Odio, el cosmos dejaría de ser tal para devenir puro caos. Pero todo está sometido a un proceso, de manera que la evolución del mundo sigue unos ciclos que se repiten eternamente: al principio, por la acción del Amor, todo está unido y compacto formando aquella esfera, sin embargo, poco a poco, va penetrando el Odio y las partículas se van separando, formando las cosas, hasta que todo queda disgregado, momento en que empieza a actuar de nuevo al Amor. El proceso intermedio es el que origina el cosmos que conocemos, en el que se muestra la variedad y la multiplicidad de los distintos seres, que son manifestación de la acción parcial de aquellas dos fuerzas. Además, Empédocles elaboró una teoría del conocimiento, regida por la máxima de que se conoce lo semejante por lo semejante, y en la que afirma que las cosas exhalan flujos o efluvios por sus poros, que son los que permiten su conocimiento por contacto con los sentidos, que penetran hasta el corazón, al que considera la sede del pensamiento. Esta explicación mecanicista del mundo (puesto que no persigue ningún fin ni está orientada por nada exterior a la physis misma) contrasta con lo expresado en su otra obra, Las purificaciones, donde afirma, siguiendo la tradición órfico-pitagórica, la existencia del alma que sigue un ciclo de reencarnaciones. Dicha alma es un daimon de origen divino que fue expulsada de la morada de los dioses por un pecado original, pero que, si logra la purificación, podrá volver a su origen divino. Sin embargo, el contraste entre estas dos obras es más aparente que real, pues en su concepción cíclica, dominada por la alternancia del Amor y del Odio, se va gestando un proceso evolutivo en el que los distintos seres pasan por diversas etapas, lo que encaja con la defensa de la metempsícosis[2].

2) Anaxágoras, (z!<">"(`D"H s.V a.C.)

Pensador presocrático que fue filósofo y naturalista. Nació en Clazómenas, cerca de Esmirna, hacia el 500 a.C., aunque pasó treinta años en Atenas, y es probable que se deba a él la introducción de la filosofía en esta ciudad, destinada a convertirse posteriormente en gran centro cultural y filosófico. Su obra física, Sobre la naturaleza (B,Di¢ NbF,TH), aparecida alrededor del año 467 a.C., y de la cual se conservan varios fragmentos significativos, está escrita en prosa, siguiendo la tradición iniciada por los milesios. De familia rica, Anaxágoras renunció a su herencia, no interesándose por los bienes materiales para dedicarse por completo al estudio de la naturaleza.
Profesaba un declarado agnosticismo religioso y era beligerante contra toda concepción animista[3]. En el año 432-431 a.C. sufrió un proceso público por impiedad (asebeia), pues había afirmado que “el sol era una piedra incandescente”. Probablemente dicho proceso tenía raíces políticas, puesto que Anaxágoras era amigo y maestro del gobernante Pericles y, puesto que los enemigos de éste, de nada podían acusarle directamente, le hostigaban atacando a sus allegados. En otras ocasiones, también los intrigantes políticos se sirvieron de la ambigua acusación de impiedad (contra Sócrates, por ejemplo). Debido a este proceso, Anaxágoras se exilió a la ciudad de Lámpsaco, en la costa sur del Helesponto, donde murió hacia el 428 a.C. (el mismo año del nacimiento de Platón), y tuvo todavía tiempo de fundar una escuela en dicha ciudad, en la que le sucedió Arquelao[4], quien a su vez sería maestro de Sócrates. También el dramaturgo Eurípides fue discípulo de Anaxágoras[5].
Aceptaba las tesis eleáticas de Parménides y de Zenón de Elea, y, como ellos, pensaba que la generación y la desaparición no son -en sentido estricto- posibles en la physis, ni es posible el vacío. Es decir, desde el punto de vista de la globalidad de la naturaleza, no puede darse el nacimiento (advenimiento al ser) ni la muerte (dejar de ser). En el conjunto de la physis solamente se dan mezclas (synkrisis) y disgregaciones (diakrisis), pero no es posible la desaparición o la muerte absoluta (el no ser), ni la generación absoluta (el llegar a ser), puesto que el no ser es imposible. Así, todo surge como fruto de las mezclas, y todo fenecer es una mera disgregación. “Los griegos -dice Anaxágoras-, tienen una concepción errónea del nacer y del perecer. Nada nace ni perece, sino que hay mezcla y separación de las cosas que existen. Así, debería llamarse, con propiedad, a la generación, mezcla, y, a la extinción, separación”.
También Empédocles había señalado que, para poder explicar la diversidad y el cambio de las cosas en la naturaleza, había que afirmar la existencia de varios principios o elementos, que según él eran cuatro: el aire, el agua, la tierra y el fuego. Pero, tal como dice Aristóteles[6], Anaxágoras no podía aceptar que sólo cuatro elementos pudiesen dar explicación de la diversidad de lo existente, y mantuvo que hay tantos elementos como sustancias distintas existen. De esta manera afirmaba que hay un número infinito de elementos, a los que llamó semillas (spérmata) extremadamente pequeñas, aunque infinitamente divisibles (que Aristóteles llamó homeomerías[7]). Esta idea de que la realidad visible está compuesta por la agregación de semillas no visibles por su extremada pequeñez, la expresa Anaxágoras de la siguiente manera: “los fenómenos son un vislumbramiento de lo invisible”.
Estas semillas, que poseen todas las cualidades existentes: sabores, colores, formas, etc., son eternas e inmutables. “No nacen ni perecen, sino que se mezclan y separan”. Nada procede de la nada, sino que todo se ha generado a partir de todo; por tanto, cada una de las cosas contiene de alguna manera a todas las demás. Nada viene de la nada ni va a la nada, sino que todo está en el ser desde siempre y para siempre. “En todo hay una porción de todo”, dice Anaxágoras. En una hoja de hierba o en un grano de trigo, prevalece un tipo determinado de semillas, pero también incluyen semillas de todo: de hueso, de carne, de pelos... “¿Cómo -se pregunta - podría provenir el cabello de lo que no es cabello y la carne de lo que no es carne?”. Al parecer fue el estudio del fenómeno biológico de la alimentación el que le sugirió a Anaxágoras -muy interesado en el estudio de los fenómenos biológicos- esta concepción. Estas semillas son infinitas en número y carecen de límite, ya que pueden dividirse (a diferencia de lo que pensarían los atomistas) hasta el infinito sin agotarse ya que, puesto que no existe la nada, siempre quedará una porción infinitamente divisible de esta semilla y, por más que se la divida cada una de las partes, seguirá poseyendo las mismas cualidades. Por ello, Aristóteles las llamó homeomerías, es decir, partes semejantes o partes cualitativamente iguales.
Anaxágoras elaboró una cosmología en la que da por supuesta la anterioridad de la agregación de todas las semillas, pero carente de orden. Éste surgió a partir de la intervención del nous (<@u½H, Intelecto). Es decir, que del caos originario y revuelto, se pasa a un cosmos (que en griego significa orden) gracias a la intervención del nous. Este nous es concebido, pues, como independiente de la materia originaria, y extremadamente sutil. Aristóteles da mucha importancia a la introducción del nous como elemento explicativo del orden[8] y señala que, con la concepción del nous, Anaxágoras separa la causa motriz de la materia movida, razón por la cual le tiene en alta consideración, aunque deplora -como antes de él lo habían hecho Sócrates y Platón- que Anaxágoras solamente considerase al nous como causa inicial y no le otorgase ningún otro papel más relevante. Ciertamente, Anaxágoras pensaba que una vez puesto en movimiento, el universo, sus regularidades y sus leyes, podía explicarse por sí mismo, sin necesidad de seguir apelando al Intelecto. Es decir, que Anaxágoras defiende una concepción que, si bien inicialmente al hablar de un Intelecto que ordena la materia, tiende hacia una concepción teleológica[9], posteriormente, en la explicación de los fenómenos, tiende a ser más bien mecanicista[10].
Por otra parte, puesto que Anaxágoras todavía no dispone de la distinción entre entidades materiales y entidades inmateriales, aunque tiende a separar al máximo el nous de la materia originaria formada por infinitas semillas, podemos pensar que este nous tanto puede considerarse material como inmaterial. En cualquier caso estamos ante uno de los primeros intentos de concebir una realidad distinta de la meramente material, lo cual era una idea nueva. De hecho Anaxágoras concebía al nous como:
a) consciente e inteligente;
b) separado de las cosas;
c) enteramente homogéneo e igual a sí mismo;
d) regidor del movimiento de la materia;
e) vinculado especialmente al mundo vivo, lo que lo emparenta con la psyché.

De esta manera el nous de Anaxágoras adopta aspectos del ápeiron (a¢B,4D@<) de Anaximandro y del logos (8`(@H) de Heráclito. Este nous se limitó a dotar de movimiento de torbellino a toda la masa inicial compuesta por las semillas de todas las cosas. Pero, una vez el movimiento estuvo en marcha (repárese que para Anaxágoras la condición inicial es la de reposo y que es el movimiento el que debe ser explicado), la rotación originó la separación de los elementos: lo denso se separó de lo raro; lo caliente, de lo frío; lo brillante, de lo oscuro; lo seco, de lo húmedo. De esta manera, todo es una mezcla que proviene de la rotación y la separación, excepto el intelecto mismo o la mente. Las estrellas son piedras desprendidas de la tierra, incandescentes por la velocidad de su movimiento. Autores antiguos le atribuyen el descubrimiento de la causa de los eclipses de la luna refiriéndolos a la sombra de la tierra. Creía que la luna era como la tierra, pero más caliente, y que reflejaba la luz del sol: “el sol presta su brillo a la luna”.
3) El atomismo griego
Los primeros atomistas fueron los filósofos presocráticos griegos Leucipo y Demócrito y, más tarde, los epicúreos y Lucrecio, que plantearon la hipótesis puramente especulativa de que la realidad material estaba compuesta de átomos y vacío[11]. Según ellos, que defendían el pansomatismo, todos los cuerpos están formados por átomos, los cuales eran elementos simples, sólidos y llenos, físicamente indivisibles, eternos, en perpetuo movimiento, ilimitados en número, y distintos sólo por la figura (skhéma), el orden (táxis) en que se unían y la posición (thésis). Esta afirmación, que permitía superar las contradicciones del continuo matemático (¿cómo podría ser consistente una materia divisible hasta el infinito?), no fue generalmente aceptada en el mundo antiguo, y solamente reapareció tímidamente en el atomismo moderno[12].
Con esta concepción distinguían entre el infinito desde el punto de vista físico del infinito matemático. Físicamente, hay un límite más allá del cual no es posible la división: los átomos. En cambio, desde una perspectiva meramente ideal, todo puede ser infinitamente dividido matemáticamente. Según Aristóteles, los atomistas plantearon su teoría para conciliar las ideas de Parménides (la realidad no cambia) con los datos de los sentidos (hay cambio), manteniendo, pues, los principios del eleatismo pero salvando las apariencias para poder explicar el devenir y la multiplicidad, y otorgar un cierto valor de verdad a la percepción sensorial. Sobre ello, dice Aristóteles:
Algunos filósofos antiguos creyeron que lo que es debe ser necesariamente uno e inmóvil; ya que siendo el vacío no-ente, no podría existir el movimiento sin un vacío separado de la materia, ni existir una pluralidad de cosas sin algo que las separe [...] Pero Leucipo creyó tener una teoría que, concordando con la percepción de los sentidos, no hacía desaparecer el nacimiento, la corrupción, el movimiento ni la pluralidad de los seres.
(Sobre la generación y la corrupción, I,8,325a).
Y agrega en la Metafísica:
Leucipo y su compañero Demócrito sostuvieron que los elementos son 'lo lleno' y 'lo vacío', a los cuales llamaron 'ser' y 'no ser' respectivamente. El ser es lleno y sólido; el no ser, vacío y sutil. Como, según ellos, el vacío existe no menos que el cuerpo, se sigue que el no ser existe no menos que el ser. Ambos conjuntamente constituyen las causas materiales de todo lo existente.
(Metafísica, I,4,985b).
Así, pues, los atomistas afirmaban que, por una parte, existía el ser, identificado con “lo lleno”, en forma de infinitas partículas indivisibles (átomos), tan pequeñas que no podían ser vistas y, por otra parte, el no-ser, identificado con “lo vacío” y sutil. A su vez, clasificaban los cuerpos en simples y complejos (formados por agregación de cuerpos simples o átomos), razón por la cual consideraban que, en última instancia, solamente existen los átomos y el vacío. La generación o la destrucción de los cuerpos que captamos sensorialmente (y solamente podemos captar los cuerpos complejos ya que los átomos no son visibles), es fruto de la agregación o desagregación de sus átomos constituyentes. Los átomos se diferenciaban entre sí según forma, orden y disposición (A difiere de N, por forma; AN de NA, por orden, y Z de N por disposición) -o, también, por forma, tamaño, disposición y orden -, de manera que toda diferencia entre los átomos, que carecen de cualidades sensibles, se explica por estas variaciones cuantitativas en el espacio vacío[13]. De esta manera, toda diferencia cualitativa se explica, en última instancia, por diferencias cuantitativas y, por ende, cuantificables. El vacío era considerado el requisito para el movimiento de los átomos. De esta forma, quedaba explicado el cambio observable en la naturaleza, escapando así del callejón sin salida de la filosofía monista eleática, que no admitía el cambio.
Los átomos son, cada uno de ellos, como el ser de Parménides: eternos, inmutables, sólidos, llenos, increados, imperecederos y continuos, y poseen movimiento propio y espontáneo. Pero el vacío permitía variaciones mecánicas y cuantitativas, sin que dejaran de ser lo que eran. Los átomos existían en movimiento desde siempre, chocando entre sí libremente y al azar. Este movimiento, que no hay que atribuir a ninguna causa, da origen no sólo a los cambios cuantitativos sino que es también el torbellino que da origen al mundo, no sólo éste que vemos, sino infinitos mundos, porque el movimiento es constante y los átomos y el vacío infinitos. No hay finalidad alguna en estos mundos porque todo es fruto del azar y de los mecanismos de unión y entrelazamiento de átomos y no hay, más allá de los átomos y el vacío, ninguna otra cosa, por lo que queda descartada toda teleología.
A esta concepción se la conocerá también, posteriormente, como mecanicismo. El movimiento espontáneo y propio de los átomos es comparado con el movimiento de las partículas de polvo que podemos observar en un rayo de sol. Por ello, a veces se ha dicho que el atomismo antiguo es una especie de “metafísica del polvo”. El choque espontáneo de los átomos en el vacío produce todo cuanto existe, pues, en virtud de su forma, pueden rebotar los unos en los otros, o unirse. Solamente aquellos que pueden unirse en virtud de sus propiedades pueden dar lugar a cuerpos existentes, en una especie de selección natural que permite afirmar que todo cuanto es real es fruto de las uniones posibles. Puesto que todo ha de explicarse por el movimiento mecánico de los átomos, en el mundo hay necesidad y, puesto que estos movimientos son desconocidos para el hombre y no responden a ningún plan teleológico, hay azar. En este sentido, todo es fruto del azar y la necesidad. Consecuentemente con su concepción pansomática, los atomistas antiguos incluso explican el alma y el conocimiento por medio de los átomos.
El alma es un cierto tipo de fuego, de átomos pequeños y redondos, muy movibles, como la vida. Y la actividad del alma, como el sentir y el conocer, se lleva a cabo también por medio de átomos. Dice Aecio: “Leucipo, Demócrito y Epicuro dicen que la percepción y el pensamiento surgen cuando se produce el impacto de imágenes procedentes del exterior, porque nadie sin ellas puede tener ninguna de las dos cosas”. Se tiene la visión, por ejemplo, cuando las imágenes de las cosas (eidola), en forma de efluvios de átomos que se trasladan por el vacío, entran en contacto con los efluvios que salen del ojo (porque todos los cuerpos emiten efluvios de átomos e imágenes). De esta manera, todo conocimiento es una forma de con-tacto, y el tacto es, en última instancia, el único sentido existente.
Con ello daban explicación de la percepción sensible. A su vez, y dado que el alma también está formada por átomos, el pensamiento, actividad propia del alma, también es de naturaleza atómica: los átomos de la RLPh¢ están dispersos por todo el cuerpo, comunicándole movimiento o concentrándose en alguna parte del cuerpo que provoca el pensamiento. Pero dada esta concepción de la percepción, Demócrito relativiza la validez del conocimiento y afirma que las cualidades sensibles, tales como los colores, olores, sabores, etc., carecen de auténtica objetividad, manteniendo una actitud que aparece como el antecedente más remoto de la distinción generalmente aceptada en la filosofía de los siglos XVII y XVIII entre cualidades primarias (objetivas) y cualidades secundarias (subjetivas). Por ello, en el aspecto epistemológico Demócrito mantuvo un cierto escepticismo: “Nos es imposible llegar a saber qué es en realidad cada cosa”, y “En realidad no conocemos nada, ya que la verdad está en lo profundo”. Consideró que el conocimiento sensorial era un “conocimiento oscuro” y que las cualidades sensibles de los cuerpos son reacciones de nuestra sensibilidad a las propiedades de los átomos: “En nuestra creencia existe lo dulce y lo amargo, lo caliente y lo frío, y así también existe el color; pero la realidad es que sólo hay átomos y vacío”.
Esta teoría atómica, que no fue aceptada por Platón, jugó, sin embargo, un poderoso atractivo sobre la filosofía de éste quien, en el Timeo, en cierta forma, la incorpora. Pero, bajo la influencia pitagórica, declara que los cuatro elementos constitutivos del mundo sensible (tierra, fuego, aire y agua) dependen de la estructura de los poliedros regulares[14] y éstos, a su vez, de las propiedades de sus caras, reductibles dos tipos de triángulos[15]. De esta manera, en lugar de considerar que los átomos tienen poder explicativo de lo real por sí mismos, remite tal explicación a las propiedades geométricas inherentes a la materia. Así, Platón, en lugar de afirmar, como Demócrito, que todo es fruto del azar y la necesidad, afirma que es fruto de la inteligencia y la necesidad o anankhé (a[16].
Por su parte, Aristóteles combatió el atomismo de Demócrito y consideró que no es posible un análisis que nos lleve hasta estos hipotéticos constituyentes últimos de la materia. En lugar, pues, de aceptar la existencia de átomos de materia, Aristóteles -que consideraba las propiedades de los cuerpos en función de unos conceptos relativos, como los de materia y forma[17], y las cuatro causas-, afirmaba que incluso los cuerpos más simples, incluidos los cuatro elementos, son destructibles y pueden estar sometidos a alteración, pues pueden estar sometidos al cambio entitativo. Bajo la gran influencia de Platón y de Aristóteles el atomismo democríteo quedó relegado. Después de Demócrito solamente los epicúreos y Lucrecio lo defendieron en la antigüedad.

Leucipo, (7,b64BB@H s. V a.C.)

Leucipo es un personaje no sólo poco, sino que mal conocido, e incluso algunos autores, como Epicuro, por ejemplo, pusieron en duda su existencia, aunque en la actualidad se da por cierta la versión de Aristóteles y Teofrasto que afirman que realmente existió. Se le atribuyen dos obras: la Gran cosmología y un tratado Sobre la inteligencia, redactadas hacia el 430 a.C. Considerado como el iniciador del atomismo, al parecer nació en Mileto antes del año 460 a.C., aunque algunos sitúan su nacimiento en Elea, y otros le hacen natural de Abdera. Por tanto, sería más joven que Parménides, y contemporáneo de Empédocles y Anaxágoras. Se trasladó a Elea, donde fue discípulo de Zenón, pero no siguió las directrices de la escuela eleática sino que, al contrario, elaboró una teoría en la que, en lugar del ser único y homogéneo de Parménides, postula la existencia de una infinidad de minúsculas partículas indivisibles, llamadas átomos. De esta manera, interpretó la ontología eleática desde una perspectiva física, en la que el ser es entendido como multiplicidad material formada por los átomos que se mueven en el vacío. Posteriormente, se trasladó a Abdera donde fue maestro de Demócrito, quien desarrolló las tesis atomistas.

Demócrito, )0:`6D4J@H (ca. 460- 370)

Este griego, clasificado entre los presocráticos, es más bien cronológicamente contemporáneo de Sócrates. Nació hacia el 460 a.C., en Abdera (Tracia). Para realizar estudios viajó por Egipto, Persia y Babilonia, y quizás por Etiopía y la India. Fue discípulo de Leucipo, y desarrolló con mayor detalle su teoría atomista. Por esta razón, en la antigüedad, algunos negaron la autenticidad de la existencia de Leucipo, ya que atribuyeron el atomismo íntegramente a Demócrito. Se conservan numerosos fragmentos de una gran cantidad y variedad de obras (Trasilo le atribuye 52 libros, de los que no se conserva ninguno) que, junto con las citas o referencias de otros autores de la antigüedad, especialmente Aristóteles, son la fuente documental de la teoría atomista. Aunque los fragmentos de sus muy numerosas obras muestran una gran amplitud de intereses: ética, cosmología, música, matemáticas, lo más característico de su pensamiento es la concepción física atomista.


Como Leucipo, Demócrito partió de los principios establecidos por Parménides. Pero para respetar los principios del eleatismo (lo que es debe ser necesariamente uno e inmóvil) y, a la vez, para salvar las apariencias, es decir, para dar cuenta de la apariencia del mundo sensorial (cambio, movimiento, multiplicidad), afirmó la existencia de los átomos (cada uno de ellos con las características atribuidas por Parménides a lo ente: cada átomo es sólido, lleno e inmutable) y la existencia del vacío, que es una especie de no-ser que explica la multiplicidad y el cambio ya que, siendo lo que separa los átomos, permite el movimiento, la generación y la corrupción, es decir, lo que permite los choques y desplazamientos de los átomos. Para explicar la percepción sensible (desechada por Parménides como vana ilusión), y partiendo de su concepción pansomática, Demócrito sostuvo que también el alma (RLPh¢) es corporal y mortal (formada, pues, por átomos). Como entidad corporal, el alma mueve el cuerpo, pero también es afectada por éste. Dicha afección del alma por el propio cuerpo y por los cuerpos exteriores es lo que explica el conocimiento sensorial. Ahora bien, estas percepciones del mundo exterior carecen de plena objetividad. Esta concepción, como ya señalamos anterirormente, es el antecedente más remoto de la distinción, generalmente aceptada en la filosofía de los siglos XVII y XVIII, entre cualidades primarias (objetivas) y cualidades secundarias (subjetivas). Por ello, en el aspecto epistemológico, Demócrito mantuvo un cierto escepticismo:
Nos es imposible llega a saber qué es en realidad cada cosa, (y)… en realidad no conocemos nada, ya que la verdad está en lo profundo.
Consideró que el conocimiento sensorial era un “conocimiento oscuro” y que las cualidades sensibles de los cuerpos son reacciones de nuestra sensibilidad a las propiedades de los átomos:
En nuestra creencia existe lo dulce y lo amargo, lo caliente y lo frío, y así también existe el color; pero la realidad es que sólo hay átomos y vacío.
La exposición del atomismo de Leucipo y Demócrito se halla en el artículo dedicado al atomismo.
Diógenes de Apolonia (siglo V a.C.)
Se saben pocas cosas sobre la biografía de éste presocrático, aunque fue contemporáneo de Anaxágoras, probablemente algo más joven que éste, y vivió bastante tiempo en Atenas. A través de los doxógrafos, especialmente gracias a Simplicio, se han conservado numerosas citas de sus obras. Una de ellas se titulaba Contra los sofistas y otra, la más importante, Sobre la naturaleza, probablemente escrita entre los años 440 - 423 a.C., ya que Aristófanes le satirizó en obras comprendidas entre estas fechas. Diógenes de Apolonia intentó una revitalización de las tesis monistas e hilozoístas de los jónicos en contra de las tesis de los pluralistas. Se ocupó también de estudios de psicología y de medicina.
Combatió la teoría de los cuatro elementos de Empédocles y de las homeomerías de Anaxágoras, a las que opuso una reinterpretación de la filosofía de Anaxímenes junto con algunas influencias de Leucipo, concretamente la existencia del vacío. La acción que Anaxágoras atribuía al nous, Diógenes la atribuye al aire que todo lo penetra y como un alma o soplo (pneuma) crea la vida, dota las cosas de movimiento y engendra el pensamiento. Para él, el aire era el verdadero GDPZ (arkhé) de la naturaleza y de la vida. Sostenía que todas las cosas existentes son modificaciones de lo mismo y son lo mismo, por ello pueden combinarse y unirse y cambiar unas en otras. De no ser así, dice, no podrían crecer las plantas de la tierra, ni se podrían engendrar los animales ni cosa alguna. De esta manera, la multiplicidad de los seres y el devenir son fruto de transformaciones de un elemento o principio primigenio, que identifica con el aire. Defendió también una concepción decididamente teleológica (como su rival Anaxágoras), de donde infería que si toda la naturaleza está orientada hacia el cumplimiento de un fin, debe existir alguna inteligencia ordenadora, que también identificó con el mismo aire, al que concebía infinito, inteligente, omnipotente y ordenador. La mente, según él, se engendraba por la presencia del aire en el interior de la sangre que fluye por las venas y penetra todo el cuerpo.

Arquelao de Mileto (s. V-IV a.C.)

Discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates. Según Diógenes Laercio, fue el primero en introducir la filosofía natural jónica en Atenas, razón por la cual se le llamaba el físico:
Arquelao, ateniense, o bien milesio, tuvo por padre a Apolodoro, o, según algunos, a Midón. Fue discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates, y el primero que de la Jonia trajo a Atenas la Filosofía natural. Por esta razón lo llamaron el Físico, o bien porque en él terminó la Filosofía natural, introduciendo entonces Sócrates la moral. Bien que parece que Arquelao la cultivó también, pues filosofó de las leyes, de lo bueno y de lo justo, lo cual, oído por Sócrates, lo amplió y propagó, y fue tenido como autor de ello. Decía “eran dos las causas de la generación: el calor y el frío. Que los animales fueron engendrados del limo. Y que lo justo y lo injusto no lo son por naturaleza, sino por la ley”. Fundábase en este raciocinio: “El agua, cuya liquidez dimana del calor, mientras dura condensada produce la tierra, y cuando se liquida produce el aire. Por consiguiente, aquélla es conservada por el aire, y éste por el movimiento del fuego. Que los animales se engendran del calor de la tierra, la cual destila un limo semejante a la leche, que les sirve de nutrimento Así fueron procreados los hombres”. Fue el primero que dijo que “la voz es la percusión del aire. Que el mar se contiene en las entrañas de la tierra, por cuyas venas va como colado. Que el Sol es el mayor de los astros. Y que el Universo no tiene límites”. Hubo otros tres Arquelaos: uno, corógrafo, el cual describió los países que anduvo Alejandro. Otro, que escribió en verso De la admirable naturaleza de los animales. Y el otro fue orador y escribió De la Oratoria[18].
Profesaba una filosofía de tipo materialista y consideraba que la noción de justicia no es por naturaleza, sino por convención. Se le atribuye cierta síntesis entre las ideas de Anaxágoras y Anaxímenes. Concibió el nous de Anaxágoras de manera corporeísta, como una mezcla basada en la condensación y rarefacción de Anaxímenes.

[1] Según Aristóteles se llama “elemento” a: (1) lo primero de-lo-cual algo se compone, siendo aquello inmanente (en esto) y no pudiendo descomponerse, a su vez, específicamente en otra especie distinta. Así, son elementos de la voz aquellos de que la voz se compone y en que se descompone últimamente, mientras que ellos no pueden descomponerse en otras voces específicamente distintas, sino que, en caso de descomponerse, las partes resultantes serán de la misma especie: por ejemplo, es agua una parte de agua, pero una de la sílaba no (es sílaba). De igual modo explican también los elementos de los cuerpos quienes denominan tales a los componentes últimos en que se descomponen los cuerpos sin que aquéllos puedan, a su vez, descomponerse en otros de distinta especie. Y sean una o muchas tales cosas, las denominan elementos. (2) De modo semejante se dice también que son elementos los de las demostraciones geométricas y, en general, los de las demostraciones: en efecto, las demostraciones primeras y que están contenidas en múltiples demostraciones se dice que son elementos de las demostraciones: tales son, por lo demás, los silogismos primeros que constan de los tres términos y proceden por uno medio. (3) También, a partir de esto y por desplazamiento del significado, llaman elemento a aquello que, siendo uno y pequeño, se aplica a muchas cosas, y de ahí que lo que es pequeño y simple e indivisible se denomine elemento. De donde resulta que las cosas máximamente universales son elementos, ya que cada una de ellas, siendo una y simple, es inmanente en muchas cosas, en todas o la mayoría; y de ahí resulta también la opinión de que la unidad y el punto son principios. Y puesto que los llamados géneros son universales e indivisibles (de ellos no hay, en efecto, definición), algunos dicen que los géneros son elementos, y que lo son en mayor grado que la diferencia, puesto que el género es más universal que ésta: efectivamente, en aquello en que se da la diferencia se da también el género con ella, mientras que en aquello en que se da el género no se da la diferencia en todos los casos. Por lo demás, lo común a todas estas acepciones consiste en que elemento de cada cosa es lo primero que es inmanente en cada cosa. Aristóteles, Metafísica, 1014a-1014b. Gredos, Madrid 1994, 211-212.
[2] La metempsícosis o transmigración de las almas es la creencia en la transmigración de las almas en reencarnaciones sucesivas. A pesar de que como término específico aparece sólo en el siglo I, esta creencia es antiquísima y se halla en numerosas religiones orientales, y se vincula con la noción de palingenesia (del griego B"84((,<,F\" que significa nacimiento regeneración, renovación, resurrección o renacimiento). Esta creencia implica un marcado dualismo psico-físico, ya que el alma es la que va animando diversos y sucesivos cuerpos. En la mayoría de sus versiones se afirma que las características de las reencarnaciones sucesivas dependen del comportamiento que haya tenido el alma en sus vidas anteriores. En la tradición budista e hinduista esta noción ocupa un lugar fundamental (El samsâra que, como término de origen sánscrito significa “rodar”, “dar vueltas”, va a tomar en la tradición india el significado de la transmigración de las almas en el seno del ciclo infinito de reencarnaciones sucesivas. Según esta creencia, todos los seres vivos deben renacer continuamente cambiándose su destino y sus diversas formas de existencia en función de los actos de las vidas anteriores. En general, esta concepción es aceptada en la mayoría de las filosofías de la India, que tienen como misión conseguir la liberación del alma de esta cadena de reencarnaciones sucesivas y conseguir así la salvación). Entre los movimientos intelectuales y autores que la defendieron en la antigüedad occidental deben mencionarse los órficos y los pitagóricos (quienes la vinculan también a la noción de anámnesis (G[3] En general, es la creencia que atribuye vida, intencionalidad, voluntad o sentimientos parecidos a los del hombre a todos los objetos de la naturaleza. En este sentido el animismo es una forma de antropocentrismo. Esta forma de animismo se conoce también como animatismo.
[4] Arquelao de Mileto (s. V-IV a.C.), filósofo griego, discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates. Según Diógenes Laercio, fue el primero en introducir la filosofía natural jónica en Atenas, razón por la cual se le llamaba el físico. Profesaba una filosofía de tipo materialista y consideraba que la noción de justicia no es por naturaleza, sino por convención. Se le atribuye cierta síntesis entre las ideas de Anaxágoras y Anaxímenes. Concibió el nous de Anaxágoras de manera corporeísta, como una mezcla basada en la condensación y rarefacción de Anaxímenes.
[5] Diógenes Laercio, Vidas de los más ilustres filósofos griegos, Orbis, Barcelona 1985, Vol. I, 70-73.
[6] Cfr. Aristóteles, Metafísica, 948b.
[7]Las homeomerías, Ò:@4@:XD,4", significa “partes semejantes”, fue utilizado por Aristóteles para referirse a las partículas que, según Anaxágoras, son las constitutivas de todas las cosas, a las que llamaba FBXD:"J" (espérmata, semillas). Dichas partículas no son propiamente elementos puesto que, a su vez, todavía son divisibles y, aunque en un cuerpo existen Ò:@4@:XD,4" de muchas clases distintas, en general, piensa Anaxágoras, está formado por FBXD:"J", partículas u Ò:@4@:XD,4" preferentemente similares a las del conjunto de dicho cuerpo, que son las que prevalecen en él y le identifican. El termino FBXD:"J" o semilla, también fue utilizado por Epicuro y por Lucrecio, y se vincula con las razones seminales (8`(@4 FB,D:"J4P@\) de los estoicos, que a su vez utilizaran los Padres de la Iglesia al intentar de aplicar el conocimiento filosófico a la reflexión teológica.

[8] Cfr. Aristóteles, Metafísica, 948b
[9] La teleología (del griego JX8@H telos, teleos, fin, y 8`(@H lógos, tratado) articula el tratado de las causas finales, o bien doctrina de la finalidad. El término introduce la idea antropomórfica, tomada del modelo de la actuación humana, de que en el mundo existe finalidad o que el finalismo constituye una de las claves para entenderlo. Aparece en la filosofía griega, con Anaxágoras y Platón, pero es en Aristóteles donde la causa final es una de las respuestas a “porqués” que deben hacerse para explicar el cambio, y donde aparece una visión del mundo biológica en el que el destino de cada cosa, incluido el mundo entero, es el desarrollo de todas las potencialidades de la propia naturaleza, junto con la afirmación de que el primer motor mueve como mueve el fin. Kant critica decisivamente la finalidad como algo que pueda ser conocido objetivamente, en la Crítica de la razón pura, pero la admite como interpretación subjetiva en la Crítica del juicio.
[10] El mecanicismo, como término aparece durante el siglo XVII que designa una concepción filosófica reduccionista, según la cual toda realidad es entendida en base a los modelos proporcionados por la mecánica, y que la interpreta solamente en base a las nociones de materia y movimiento local. Si, además de teoría explicativa, sustenta que lo real es una inmensa máquina, entonces, no solamente es una doctrina epistemológica sino también ontológica. El mecanicismo puede ser compatible con concepciones dualistas, como en el caso de Descartes, por ejemplo, y puede también ser compatible con el materialismo, que niega una especificidad no material a lo mental (es el caso de los materialistas mecanicistas del siglo XVIII). Pero, ni todo dualismo implica formas de mecanicismo, ni tampoco el materialismo tiene por qué ser mecanicista, como es el caso del materialismo de Marx, que es contrario al mecanicismo. Generalmente, y puesto que las leyes de la mecánica son deterministas, la mayoría de las formulaciones del mecanicismo también comparten esta característica. No obstante, algunas concepciones filosóficas, como el atomismo antiguo de Leucipo y Demócrito pueden, hasta cierto punto, considerarse mecanicistas pero no deterministas.
[11] Atomismo, del griego a¢J@:@H (atomos), indivisible. Concepción teórica según la cual los últimos elementos constitutivos de la realidad son unidades materiales indivisibles (a¢J@:@H) y discretas. En un sentido amplio, se habla también de atomismo cuando se afirma que una realidad parcial concreta se compone de unidades mínimas que no pueden ser divididas en otras. En este caso se trata del atomismo psicológico, propio de las filosofías empiristas del s.XVIII y de la psicología asociacionista, o bien del atomismo lógico, que considera tanto el mundo como el pensamiento lógico como compuesto por unidades atómicas.
[12] Después de la relegación al olvido del atomismo de Demócrito y Epicuro por la física aristotélica de las cuatro causas, habrá que esperar hasta el s. XVII para su revitalización. Algunos autores anteriores, como Giordano Bruno o Nicolás de Cusa (De minimo) hacen mención de la teoría atómica, pero solamente de pasada, sin utilizar tal teoría de manera sistemática. Pierre Gassendi (1592-1655) renovó el atomismo epicureísta, aunque aderezado con componentes que lo hicieran compatibles con el cristianismo: los átomos estarían creados por Dios, y el azar desaparecería, supeditándose todo a la divina providencia. Según Gassendi, la nueva física mecanicista se compaginaba mejor con una teoría corpuscular (atomista) del universo, aunque Descartes concebía más bien un mecanicismo no atomista e incluso declaraba la imposibilidad del atomismo. El argumento cartesiano era el siguiente: si la realidad estuviese compuesta por átomos, entonces estos deberían poseer extensión, razón por la cual, por pequeños que fuesen, serían divisibles, al menos mentalmente y, consiguientemente, no serían átomos. Ante ello, Leibniz consideró la posibilidad de átomos no físicos: las mónadas. La distinción tan característica de los sistemas filosóficos de esta época, entre cualidades primarias y secundarias, encuentra una buena fundamentación en la teoría corpuscular y atómica: las cualidades primarias serían las propias de los átomos, sólidos, duros e impenetrables, mientras que las secundarias serían debidas a la manera de afectarnos dichos átomos. Entre los científicos atomistas de los siglos XVII y XVIII cabe mencionar a Boyle, Huygens y Newton, quien en la Óptica declara abiertamente su atomismo. Pero en ningún momento se llegó, antes del s. XIX, a la formulación de una teoría empíricamente comprobada, que nacería a partir de la ley química de las proporciones múltiples elaborada por John Dalton.
[13] Cfr. Aristóteles, Metafísica, 985b.
[14] Platón habla de los poliedros regulares y los cuatro elementos señalando: “[...] atribuyamos los tipos de figuras que acaban de surgir en el discurso al fuego, tierra, agua y aire. Asignemos, pues, la figura cúbica a la tierra, puesto que es la menos móvil de los cuatro tipos y las más maleable de entre los cuerpos y es de toda necesidad que tales cualidades las posea el elemento que tenga las caras más estables. Entre los triángulos supuestos al comienzo, la superficie de lados iguales es por naturaleza más segura que la de lados desiguales y la superficie cuadrada formada por dos equiláteros está sobre su base necesariamente de forma más estable que un triángulo, tanto en sus partes como en el conjunto. Por tanto, si atribuimos esta figura a la tierra salvamos el discurso probable, y, además, de las restantes, al agua, la que con más dificultad se mueve; la más móvil, al fuego y la intermedia, al aire; y, otra vez, la más pequeña, al fuego, la más grande, al agua, y la mediana, al aire; y, finalmente, la más aguda, al fuego, la segunda más aguda, al aire y la tercera, al agua. En todo esto es necesario que la figura que tiene las caras más pequeñas sea por naturaleza la más móvil, la más cortante y aguda de todas en todo sentido, y, además, la más liviana, pues está compuesta del mínimo de partes semejantes, y que la segunda tenga estas mismas cualidades en segundo grado y la tercera, en tercero. Sea, pues, según el razonamiento correcto y el probable, la figura sólida de la pirámide elemento y simiente del fuego, digamos que la segunda en la generación corresponde al aire y la tercera, al agua. Debemos pensar que todas estas cosas son en verdad tan pequeñas que los elementos individuales de cada clase nos son invisibles por su pequeñez, pero cuando muchos se aglutinan, se pueden observar sus masas y, también, que en todas partes dios adecuó la cantidad, movimientos y otras características de manera proporcional y que todo lo hizo con la exactitud que permitió de buen grado y obediente la necesidad”. Platón, Timeo, 55d-56c, en Diálogos, Vol. VI, Gredos, Madrid 1992, 210-211.
[15] Cfr. Platón, Timeo, 53b-55c.
[16] Cfr. Platón, Timeo, 47e-49a; 68d-69a.
[17] El hilemorfismo (del griego u¢80, hyle, materia y :@DNZ, morphé, forma). La teoría de Aristóteles, admitida también por la Escolástica, según la cual las cosas naturales se componen de dos principios metafísicos: la materia y la forma. La materia es el principio de la potencialidad o posibilidad, y la forma lo es de la actualidad y perfección. Materia y forma son, además, dos de las cuatro causas aristotélicas, las llamadas precisamente intrínsecas, puesto que su composición da como resultado la sustancia de las cosas.
[18] Diógenes Laercio, Vidas de los más ilustres filósofos griegos, Vol. I, 74.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home